LA FUERZA DEL MAESTRO
Hoy cuando la mayoría de mis compañeros acuden a una jornada sindical que pretende denunciar de manera masiva las vicisitudes que se viven en una profesión caracterizada por crear las oportunidades para mejorar la calidad (de vida y desempeño) de la población colombiana, me he quedado en casa obedeciendo al médico que me diagnosticó un fuerte resfriado -característico por estos día en Cali- , y al profesor de mi curso de especialización quien me ordena crear una entrada en el blog con un título alusivo a una temática del curso que imparto.
Pues bien, resolví acompañar la lucha desde mi
escritorio, dejar que los dirigentes
gremiales discutan mis derechos yo mientras tanto, “Aquí estoy” pero no obedezco del todo, reflexiono
sobre mi razón de ser y mi profesión, que en cierta manera se ven amenazadas por razones multifactoriales; reflexiono un poco ante la necesidad de
comprender la situación en la que estamos, qué está sucediendo a nuestro
alrededor para que se puedan esclarecer las razones de un cansancio muy
difundido que hace decir a algunos: ¿Tiene sentido seguir trabajando , después
de diez, veinte o treinta años (aclaro
que yo solamente llevo 10 en la educación pública) con todo el caos y las dificultades que existen hoy en la
escuela?. No cambia nada, los estudiantes empeoran, las exigencias son cada vez
mayores, los maestros nos estamos convirtiendo en los “padres” de nuestros
estudiantes, la sociedad no los tutela ni protege como debe ser y nos
responsabiliza de sus falencias, nos pagan poco, las pocas conquistas gremiales
se esfumaron y nuestra educación está siendo feriada al mejor postor con las
más bajas condiciones para ser exitosa pero con las mejores propagandas para
legitimarla: dime porqué merece la pena seguir enseñando”.
Pues bien, afloran en mi mente los testimonios de
muchos docentes y pensadores que
acogieron esta bella profesión antes de mí y el corazón me dice que más
allá de las circunstancias de la vida – así como en los artistas- existe un
llamado especial, un influjo que llevamos dentro los maestros, que no nos
consiente desfallecer frente a la descomposición social que atestiguamos, que
no nos permite abandonar a nuestros educandos y continuará volviendo a
despertar la exigencia de significado.
¡Ningún poder puede detenerlo, ninguna situación puede acallarlo! Por
ello, que esté en crisis el nexo con la realidad no quiere decir que no
continúe sucediendo su llamada: Es imposible que no suceda. El deseo de hallar
una respuesta que dé sentido al instante que vivimos se hace presente en
nuestros labios.
Si
contemplamos la educación como la comunicación de sí mismo, es
decir del modo en que uno se relaciona con la realidad, podremos decir que el desempeñarnos
como educadores en escuela primaria se convierte en la oportunidad de
compartir con los niños las vivencias que significativamente han marcado
nuestra vida y que en efecto pueden llegar a surtir un impacto formador en su
nacientes vidas. ¡Es maravillosa esa experiencia!
Todas las
mañanas, aunque me tiente el deseo de pensar en los mejores días que ya pasaron
y en todas las expectativas que tengo para realizar, mi labor se
convierte en la mejor excusa para decir "yo estoy aquí presente" con todas mis potencialidades y mis
limitaciones. Me enfrento a un grupo de estudiantes a quienes debo acompañar y
despertar el interés por lo que enseño.
¿Qué
despierta el interés del niño? La realidad es la que despierta el interés del
niño. Ante cualquier situación; no basta con los conceptos, las explicaciones,
mirar cómo funcionan los aparatos, cómo se resuelven los ejercicios o se logra
alguna meta, esos son datos parciales que no bastan. Frente a la realidad, la
razón es exigencia de totalidad, de significado exhaustivo. Ante la
dureza del trabajo, ante la persona amada o al contemplar una puesta del sol,
no podemos evitar la pregunta: "Pero, ¿Qué sentido tiene?".
No existe
ningún poder en este mundo que pueda parar la dinámica que nace por el impacto
que la realidad produce en el yo. El deseo de hallar una respuesta que dé
sentido al instante que vivimos se enciende constantemente, en
cualquier circunstancia, no solo en las favorables, sino también en las que
en principio resultan contradictorias. Las preguntas son inevitables, el
deseo de hallar una respuesta no se puede esquivar pero podemos no tomarlo en
cuenta, acallarlo, abandonar las preguntas y bloquear esa curiosidad. Si el
niño no sabe encontrar el sentido a un juguete, a una situación, a una relación
de contenidos o interacción humana, rápidamente pierde su interés y por
supuesto, yo tengo una gran responsabilidad porque ahí, frente a mí está el
niño que va copiando todo lo que yo siento y cómo interpreto esa realidad. Si
él no percibe mi interés en el significado de la realidad, su interés decae.
Puedo yo pensar que enseño español, ciencias, matemática o inglés pero si no he
tomado el compromiso mismo de confrontarme con la vida y con la realidad, difícilmente puedo yo mantener la llama de su
encanto estudiantil.
Por esto,
la incapacidad de introducir en la totalidad de la realidad no es independiente –como a menudo creemos-
de nuestra relación con la realidad: sin percibir el significado, la realidad
antes o después deja de interesarnos y también nosotros en la escuela, igual
que los estudiantes, podemos acabar siendo pasivos. Este es el origen de aquel
desinterés que desemboca en el aburrimiento, porque nada sabe despertar interés
al margen del sentido. Pensamos que la realidad puede seguir atrayendo aunque
no reconozcamos su significado porque algunas veces, como docentes nos
limitamos a la parte operativa del proceso, pensamos que el significado es algo
de lo cual podemos prescindir, nos limitamos a enseñar física, matemática o
química, las mismas ciencias naturales
pero sin darle significado a esos datos y eso no basta.
Pero,
¡atención! Nos encontramos ante una pregunta para la cual no sirve cualquier
respuesta. Sabemos que es mentira, porque no todas las respuestas corresponden
a la exigencia que expresa la pregunta por el sentido. No vale cualquier
respuesta para dar sentido al trabajo cotidiano, al dolor, a cómo vivir las
circunstancias de forma que no terminen siendo una tumba para nosotros. El
problema de la educación es si nosotros tenemos una respuesta a esta urgencia
de significado para vivir, hasta el punto de poderla comunicar viviendo. No es
un problema de los niños, es un problema de los adultos, de la sociedad, es un
problema nuestro. Solamente si nosotros, los adultos, asumimos este compromiso
con la realidad entera, podremos comunicar un sentido. Por eso necesitamos
mirar a la cara la situación ¿Queremos afrontarla o nos contentamos con hacer
iniciativas añadidas a la vida real y a sus problemas? En este contexto, ¿existe
alguna esperanza capaz de mover lo más íntimo del hombre? ¿Cómo podemos ser una presencia entre nuestros estudiantes?
¿Cómo puedo decir: “yo estoy” en la realidad con todo lo que soy: con los
estudiantes, en la escuela, ante mis hijos o frente a mí misma?
Para
responder esa pregunta solo debemos fijarnos en nuestra experiencia personal.
¿Ha sucedido algo que haya despertado nuestro interés y nos haya puesto en
marcha de nuevo?, ¿podemos identificar algo en la realidad capaz de movernos en
lo más íntimo? Sí, lo llamamos “encuentro”. Es algo tan sutil pero
real porque es portador de una hipótesis de significado, de conexión,
correspondencia, que nos afecta en lo más íntimo y que aviva nuestras
exigencias.
El
encanto estudiantil se da en la medida en que logremos el "encuentro"
con nuestro estudiante precedido por el encuentro con nosotros mismos y
la realidad circundante. El encuentro es la base de la interacción, nos permite
buscar y encontrar las respuestas al sentido de la vida comunitaria, es tan
correspondiente que solicita todas nuestras exigencias, las provoca a buscar,
nos devuelve las ganas de entrar en la contienda y nos hace libres para
hacerlo. El motivo que nos mueve y que justifica nuestra difusión no está en
nosotros, sino que está en el fondo de nuestro ser, donde está Otro, Aquel al que adoramos:
Nuestro primer Maestro, aquel que nos ha hecho.
En ese
encuentro maravilloso que vivenciamos a diario,
se encuentra la clave para mantenernos vivos en la carrera docente, de
ahí que el encuentro aceptado con sencillez, nos dé una gran libertad de
espíritu que nos permite no pararnos nunca, que nos posibilita actuar independientemente de nuestra cultura
o nuestra sagacidad, por encima incluso
de nuestro corazón. Esa fé esa seguridad, la
tenemos porque Otro actúa en nosotros, nos da la fuerza para entrar en
la realidad, responder a la exigencia de significado, afrontar mi cansancio y
mi soledad. Entonces se comprende porqué todo comienza a ser interesante. “En
la experiencia de un gran amor […] todo lo que sucede se convierte en un
acontecimiento en su ámbito”.
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